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viernes, 18 de marzo de 2016

Gran actividad literaria de Javier Dicenzo

Escritos de Javier Dicenzo: Éxito en ventas de la Agenda anual de Poetas del mundo en territorio chileno en poesía año 2016, dirigida por Luis Manso. 

Se presenta en versión digital y en Papel la selección dirigida por el editor y poeta Leo Zelada. En Madrid ya está en versión digital y se titula " Nueva Poesía y narrativa hispanoamericana del siglo XXI donde participa. Se presenta en un marco de importancia en Madrid en el mes de abril, con poesías de mi autoría con autores de varios países. 

Finalista en el certamen literario internacional dirigida por Autores Argentinos por jurado de Clarín con el relato " El hombre del subte" la final será en SADE central, a la cual pertenezco, inclusión del relato en antología tirada 1000 ejemplares, y difusión masiva en red e internet. 


martes, 2 de junio de 2015

Hugo Alonso ha obtenido el Tercer Premio en el Concurso Internacional de Relatos Humorísticos "Alberto Cognigni"

Hugo Alonso ha obtenido el Tercer Premio en el Concurso Internacional de Relatos Humorísticos "Alberto Cognigni" con su obra "Cenicienta, la pusilánime y el príncipe calenturiento".

La ceremonia de premiación se realizará el sábado 06 de Junio en la Sala Azucena Carmona del Teatro Real en Córdoba Capital. En la oportunidad se entregarán las plaquetas correspondientes a los tres primeros premios y las certificaciones de las menciones.

Alonso, que es miembro de la SADE Baradero – San Pedro, ha presentado recientemente su novela “El tercer ángel”, finalista del VI Premio Tristana de Novela Fantástica 2012 auspiciado por el Ayuntamiento de Santander, España.





HUGO ALBERTO ALONSO: nació en Pehuajó en 1946 y está radicado en San Pedro (Pcia. de Bs. As.). Es contador público y escritor de cuentos y novelas de los géneros fantásticos, de terror y de ciencia ficción, aunque también suele explorar el cuento humorístico, el histórico y el realista.


Ha publicado: Azucena y otros cuentos, (1998), Algo ocurrió en el cielo y otros cuentos fantásticos, (2005), Juegos de niños y otros cuentos (2009) y Junge (novela, 2013). Se hallan en proceso de publicación la novela de ciencia ficción de anticipación El tercer ángel y los libros de cuentos Historias para sonreír y Los niños de Dundee y otros cuentos inquietantes.



sábado, 29 de noviembre de 2014

José Luis Gaetano recibió mención con su cuento "Pescadores"

José Luis Gaetano sigue firme con su prosa: acaba de recibir una mención en el Concurso Literario que organiza la SADE filial Zárate, con su cuento "Pescadores".





lunes, 8 de abril de 2013

Bases para la XI edición concurso literario Escritor Alfredo Cossi



 En la Foto: Joyce Carol Oates.

XI edición concurso literario Escritor Alfredo Cossi  



La Sociedad Argentina de Escritores, filial 57, Baradero-San Pedro (Prov. Bs. As.), organiza la Décima primera Edición del concurso literario Escritor Alfredo Cossi, para cuento y poesía, que se regirán por las siguientes bases:



1. Podrán participar en este concurso autores que residan en el territorio nacional con una única obra original e inédita (incluso no publicada en Internet), escrita en castellano, de tema libre, que no haya sido premiada anteriormente en ningún otro certamen. Tampoco podrán participar aquellas personas que hayan obtenido, en este concurso, el primer premio en las últimas cinco ediciones.


Se establecen dos categorías por género.

Categoría A, hasta 18 años (a la fecha 26 de agosto)

Categoría B, para mayores de 18 años.


2. Las obras ser presentarán por triplicado. Serán escritas por un solo lado del papel, a máquina o por ordenador, en cuyo caso el formato será tipo DIN A4, en letra Times New Roman, cuerpo 12, interlineado 1.5; las copias estarán debidamente abrochadas.

Extensión de las obras: Cuento: hasta cinco (5) carillas. Poesía, técnica libre, máximo sesenta (60) versos.


3. El plazo de presentación de las obras se extenderá hasta el  30 de septiembre de 2013  (se tomará como válida la fecha del matasellos del correo). La entrega de premios se realizará a fines de noviembre del corriente.

4. Los originales serán firmados con seudónimo, adjuntando en un sobre cerrado (plica) el nombre completo del autor, su DNI, números de teléfono, dirección completa y dirección de correo electrónico. En el anverso del sobre constará el título de la obra, género, categoría y seudónimo.

5. El jurado procederá a la apertura de las plicas una vez realizado el fallo del concurso.

6. Los originales deberán ser enviados a:



Décima primera edición concurso literario Escritor Alfredo Cossi
Biblioteca Fray Luis de Bolaños

Rodríguez 205

2942 – Baradero


7. Se otorgarán los siguientes premios por género y categoría:



Categoría A – Menores de 18 (cuento y poesía):

Primer premio: Placa grabada y diploma.

Segundo y Tercer premio: Diplomas.


Categoría B (cuento y poesía):

Primer premio: Placa grabada.

Segundo y Tercer premio: Diplomas.


8. El jurado estará conformado por escritores, miembros de la comisión directiva de la S.A.D.E., Regional 57.



9. Los integrantes de la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores de Baradero-San Pedro, se han autoexcluido de participar en este concurso.


10. La presentación al concurso implica la aceptación de estas bases.

11. La resolución de todas las cuestiones que puedan surgir o plantearse sobre este concurso son de exclusiva competencia de la entidad organizadora. Los trabajos no seleccionados no serán devueltos y, para tranquilidad de los participantes, los mismos se destruirán.

Estas bases pueden consultarse en:
http://escritoressadebaradero.blogspot.com/

sábado, 17 de noviembre de 2012

Tanatopraxia, de Félix Andreu (1° Premio Cuento)

No aprendí mi oficio en las universidades ni en salas de estudio; sin embargo creo ser el mejor que hay por aquí. Realizo un trabajo que exige cierto nivel de preparación, exactitud y estabilidad emocional. Además, claro, de una dosis de buen gusto. Soy lo que llaman tanatopráctico. Mi arte es conocido en la actualidad con el presuntuoso nombre de tanatoestética. Sin embargo cuando comencé en mi pueblo yo era, simplemente, el que maquillaba a los muertos para los velorios.

Me inicié en esto un poco por casualidad, o por urgencias, o porque el destino me hizo el favor de venir a mí, en lugar de obligarme a buscarlo. Trabajaba en la casa mortuoria de Manfredoni gracias a mi tío, que era amigo del dueño, y me consiguió empleo cuando yo era un adolescente de diecisiete años no muy agraciado y atormentado por las hormonas de la pubertad. Empecé haciendo cualquier cosa y terminé especializándome en aquello que nadie quería hacer: resultó que una viuda con mucha plata y muy compungida no quiso ver a su marido muerto con las secuelas de un disparo en el pómulo derecho, producto de un ajuste de cuentas por deudas impagas. Y nadie en la casa velatoria había tocado jamás un muerto como no fuera para cubrirlo con la mortaja; velarlos era una cosa; maquillarlos, asunto de mujeres en el mejor de los casos, o de necrófilos pervertidos en el peor. No obstante eso, había que tener en cuenta las penas y los billetes de aquella viudita. Me ofrecí de puro voluntarioso y así encontré mi vocación. Claro que hoy no llamaría trabajo a lo que le hice a ese tipo. Con una lija fina y unos polvos de mi madre logré que la herida de bala pareciese un grano o la reminiscencia de un lunar, y gracias a la insistencia de mis manos dibujé en su cara una triste mueca que intentaba pasar por sonrisa. El caso es que la mujer quedó contenta y yo gané un espacio de intimidad con todos los cadáveres que a partir de allí desfilaron por Sepelios Manfredoni.

Con el tiempo me fui perfeccionando. Conseguí libros que leí, compré instrumental y maquillajes, me inicié en el tema de los fluidos después de una entrevista casual en el transcurso de un viaje a Europa, y llegué a saber en muy poco tiempo, mucho más que un iniciado. Me puse metas personales; probé técnicas nuevas, experimentaba cada vez que podía… Por ejemplo, cuando murió el loco del pueblo, lo retiré de la morgue con la autorización del intendente, el comisario y el juez, y después de unas horas de trabajo en mi laboratorio lo tuve sentado en un sillón del living de mi casa un par de semanas, más lozano, sonriente y cómodo que en los bancos de plaza donde dormía cuando estaba vivo.

Así mi erudición fue superando límites como un árbol que rompe una maceta o levanta con la fuerza de sus raíces las baldosas de una vereda. Sé que soy un referente; con los años me he ido transformando en la fuente de consulta de todas las funerarias de la zona. He ganado dinero, ya que no hago favores a nadie porque mi trabajo es un modo de vida para mí, aunque se trate de decorar la muerte. No me casé nunca ni he tenido hijos; no he amado a nadie de verdad, más que a los muertos. Se podría decir que me posee una sana necrofilia.

Se sabe que no es tema de conversación el fin, ni ocasión para una entrega de medallas, salvo en tiempos de guerra. No espero nada de los vivientes más que su dinero. He visto que cruzan de vereda para no saludarme, y casi nunca soy invitado a sus reuniones. Puedo entenderlo: me identifican con la muerte, de tanto verme sentado junto a ella.
Sí he recibido, una vez, el curioso gesto de gratitud de un difunto. Estoy hablando de Romualdo Gaitán, un cantor de tangos de la década del sesenta que hizo furor en nuestro pueblo y la zona, y que hubiera llegado a ser un referente a nivel nacional, de no ser por un cáncer esofágico fulminante que lo arrebató de los escenarios cuando estaba por cumplir los cuarenta. Hasta ese momento desgraciado, la gente se agolpaba en las puertas de los boliches para oírlo cantar. Era una especie de Agustín Magaldi regional, con una voz aflautada, varonil sin embargo, con veleidades de tenor liviano, al estilo de los cantores del veinte o del treinta; y una pinta de guapo que levantaba una profusa cantidad de suspiros todas las noches en las milongas.

Cuando me lo trajeron se me cerró la garganta. Lo había visto actuar en el boliche De La Rosa (me gusta ir de noche a esos lugares donde nadie mira más que sus penas) y me costó reconocerlo. Tenía los pómulos de un color verde musgo, producto de un extraño sarcoma, y manchas en las encías, el torso y las axilas. Era un muerto, simplemente. Nada que ver con el personaje carismático y seductor que hipnotizaba con su voz en las vigilias de mi pueblo. Me dio lástima; me compadecí de él, y casi sin pensarlo, tomé como desafío personal el hecho de presentarlo por última vez en todo su esplendor, antes de que se lo tragara la tierra para siempre. Pedí que nos dejaran a solas en la intimidad de mi laboratorio, a los dos, esa tarde lluviosa y asfixiante de Enero. Como primera medida, me dispuse a trabajar para frenar el proceso de descomposición. Nadie iba a pagarme un plus por embalsamar el cuerpo, y sin embargo yo tenía decidido que Gaitán iba a despedirse de su público con la frente alta. Así que comencé por drenar el cuerpo y limpiarlo mediante lavados capilares, para luego inyectar los fluidos arteriales que impiden la corrupción y posibilitan la fijación de las vísceras. Después procedí a maquillarlo como a mí me gusta, con tiempo, con amor, con paciencia de artesano, cubriendo, disimulando o quitando, como una némesis de la muerte, las marcas de la enfermedad y la agonía. Me pareció ver, y no era la primera vez que me pasaba, una leve sonrisa en el difunto.

No sé cuánto tiempo transcurrió, pero para cuando terminé, el sol había dejado de pelear con las nubes y la lluvia. Era noche cerrada; calurosa, húmeda, tropical. Gaitán tenía entonces una plácida expresión de paz de la que recuerdo haberme enorgullecido; tan distinta a la mueca bizarra y exánime con la que me lo habían traído. Lo vestí con una bata de raso negra que le había pertenecido y con la que solía salir al escenario en ocasiones. Me sequé la frente con un pañuelo y caminé despacio hacia la kitchenette que tengo en el laboratorio, para tomar una gaseosa. Abrí la heladera, y casi al mismo tiempo escuché un ruido seco, como de algo que se caía. Volví a la sala principal y lo vi. Romualdo Gaitán estaba parado, muerto, pero de pie, mirándome con ojos de gratitud. No pudo hablar (su voz hubiera sonado de ultratumba), pero sí cantar acompañado por una orquesta celestial como no he vuelto a oír otra. Interpretó un solo tango, Griseta, que siempre había sido mi favorito porque habla, cómo no, de una mujer que muere:

Francesita,
que trajiste, pizpireta,
sentimental y coqueta
la poesía del quartier,
¿quién diría
que tu poema de griseta
sólo una estrofa tendría:
la silenciosa agonía
de Margarita Gauthier?


Lo hizo de manera extraordinaria, combinando la frescura de un timbre joven con la experiencia y el aplomo de quien lo ha visto todo. Cuando terminó de tronar el último acorde entonces sí, se desplomó para siempre, tratando de que no se le corriera el maquillaje, y ya no volvió a levantarse.

sábado, 25 de agosto de 2012

Dicenzo publica en la antología "Una mirada al sur"


La poesía de Javier Dicenzo ha sido seleccionada y publicada en el libro”Una mirada al sur 2012 “. Se trata de una antología que reúne a  narradores, poetas,  plásticos y fotógrafos con una tirada de 450 ejemplares.





Por otra parte, con su relato titulado “Paisaje”, está participando en la selección final de la editorial “Pasión de escritores”. En esta selección participan artistas de Argentina, Chile, España, Estados unidos, México y Polonia, entre otros.


miércoles, 25 de julio de 2012

"Con aroma de Glicinas”, la ópera prima de Nilda Lenticchia.


El sábado 4 de Agosto a las 18, se presentará el libro de cuentos “Con aroma de Glicinas”, la ópera prima de nuestra socia de SADE, Nilda Lenticchia.
Se referirán a la obra la profesora Ana Fioriti y el escritor Jorge Sagrera.
La cita es en la Biblioteca Popular Rafael Obligado, Mitre 460, de la ciudad de San Pedro.





martes, 22 de noviembre de 2011



Martín Cimo, que consiguió el Segundo Premio, lee su cuento "Cuentos de sirenas"


Nilda Lenticchia, que obtuvo Mención, lee su cuento "El abismo"

Se entregaron los premios de la IX edición del concurso literario Alfredo Cossi



Susana Benavídes, que obtuvo Mención, lee su cuento "Espejitos de colores"

lunes, 11 de abril de 2011

Novena edición concurso literario Alfredo Cossi


La Sociedad Argentina de Escritores, filial 57, Baradero (Prov. Bs.As.), organiza el concurso literario Alfredo Cossi, para cuento y poesía, con arreglo a las siguientes bases:

1. Podrán participar en este concurso autores que residan en el territorio nacional, con una única obra original e inédita (incluso no publicada en Internet), escrita en castellano, de tema libre, que no haya sido premiada anteriormente en ningún otro certamen. Tampoco podrán participar aquellas personas que hayan obtenido, en este concurso, el primer premio en las últimas cinco ediciones.

Se establecen dos categorías por género.
Categoría A, hasta 18 años (a la fecha 26 de agosto)
Categoría B, para mayores de 18 años.

2. Las obras ser presentarán por triplicado. Serán escritas por un solo lado del papel, a máquina o por ordenador, en cuyo caso el formato será tipo DIN A4, en letra Times New Roman, cuerpo 12, interlineado 1.5; las copias estarán debidamente abrochadas.
Extensión de las obras: Cuento: hasta cinco (5) carillas. Poesía, técnica libre, máximo sesenta (60) versos.

3. El plazo de presentación de las obras se extenderá hasta el 26 de agosto de 2011 (se tomará como válida la fecha del matasellos del correo). La entrega de premios se realizará a fines de noviembre del corriente.

4. Los originales serán firmados con seudónimo, adjuntando en un sobre cerrado (plica) el nombre completo del autor, su DNI, números de teléfono, dirección completa y dirección de correo electrónico. En el anverso del sobre constará el título de la obra, género, categoría y seudónimo.

5. El jurado procederá a la apertura de las plicas una vez realizado el fallo del concurso.

6. Los originales deberán ser enviados a:

Octava edición concurso literario Alfredo Cossi
Biblioteca Fray Luis de Bolaños
Rodríguez 205
2942 – Baradero

7. Se otorgarán los siguientes premios por género y categoría:

Categoría A – Menores de 18 (cuento y poesía):
Primer premio: Placa grabada y diploma.
Segundo y Tercer premio: Diplomas.

Categoría B (cuento y poesía):
Primer premio: Placa grabada.
Segundo y Tercer premio: Diplomas.

8. El jurado estará conformado por escritores, miembros de la comisión directiva de la S.A.D.E. local.

9. Los integrantes de la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores de Baradero, se han autoexcluido de participar en este concurso.

10. La presentación al concurso implica la aceptación de estas bases.

11. La resolución de todas las cuestiones que puedan surgir o plantearse sobre este concurso son de exclusiva competencia de la entidad organizadora. Los trabajos no seleccionados no serán devueltos y, para tranquilidad de los participantes, los mismos se destruirán.


Consultas a: doradolcemelo@yahoo.com.ar; lacruzada76@yahoo.com.ar; sagreravilla@redsp.com.ar

miércoles, 22 de diciembre de 2010

El regalo de los Reyes Magos, un cuento de O. Henry




Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.

Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.

Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".

La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.

-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.
-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.
-Démelos inmediatamente -dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.

Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.

A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!
-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.
-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.

Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida.
Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
-¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.