lunes, 17 de enero de 2011

Bolilla cero, de Alfredo J. Cossi

Tal vez lo difícil sea ahora llamarse Pablo Vargas.
Porque si en este momento uno se llamara otra cosa el asunto sería más fácil. Llamarse, por ejemplo, José María Saldaña, ser un tipo que lo sabe todo, tener un par de respuestas para todo. Pero llamarse Pablo Vargas, ahora, es ridículo. Y lo peor es nombrarlo a cada rato, Vargas trajo la carpeta, Vargas saque bolilla, Vargas de aquí, Vargas de allá. Los tres ahí, preguntando. Queriendo saberlo todo. Como si uno fuera la última edición de la tarde y ellos debieran saberlo antes de irse a dormir, antes de meter sus piernas raquíticas y viejas en la superficie lisa de las sábanas. Y los tres estando allí, con estas caras de viejas conventilleras, con ánimo de saberlo todo.
Tal vez lo difícil sea ahora llamarse así, como a uno lo llaman.
Y tener una madre que lo espía y le dice nene y no se da cuenta que él viste los pantalones suixtil, que son largos y ahora sí parece un hombre. Decirle nene a él es ignorar que Mónica Riglos lo mira con sus ojos almendrados, con esa mirada de la que uno no se puede soltar.
-Acabala mamá con lo de nene.
Además los pantalones largos tienen que ir acompañados de otras cosas. Las timbas en lo del flaco Brizuela, Mónica, las tardes en el café. No se puede estudiar todo el día.
-Terminala mamá, ¿no ves que me tiran a matar?
Pero ahora el asunto es distinto. Los tres –como tres viejas conventilleras que quieren saberlo todo- preguntan. No se conforman con un sí o un no. Siguen averiguando. Escupen sus preguntas.
-¿Qué bolilla elige?
-La uno.
-Claro, la más fácil. Si hubiera una bolilla cero elegiría ésa. Si yo fuera ministro de educación la inventaría.
Eso sí que es gracioso, profesor Martínez. Hay que reír. Pero un poco, nada más que un poco, en pequeñas dosis como se lee en los frascos de los remedios, regulando el movimiento de los labios para que no pasen de la medida porque después quién le creerá uno que no es un mal-e-du-ca-do y no sé de qué se ríe porque más le valdría llorar, como decía la vieja Paula. Reírse sí, pero con un gesto complaciente, con un gesto que le mostrara a Martínez que él tenía toda la razón del mundo, que su afirmación tenía un no se qué de sutileza humorística (parecía Marrone con esa boca ancha y los ojos desorbitados), que sí, que debía ser ministro cuanto antes e inventar la bolilla cero y cuantas se le antojara. Usted tiene que ser ministro, Martínez. Y hay que reírse. Cuidando que esa puerca boca no se corra treinta y cinco milímetros más a la derecha ni veintiocho a la izquierda. Porque cincuenta milímetros sería ma-la-e-du-ca-ción. Y hay que reírse con buena educación, como lo establecen las reglas. Y bajar la mandíbula hasta que se forme un ángulo de treinta grados con una imaginaria paralela a la tierra. Para reírse. Porque Martínez lo había dispuesto y ahora miraba desde su atalaya de anteojos.
Papá siempre decía que don Manuel era un usurero muy vivo. Si él fuera ahora Pablo Vargas seguro que estaría sonriéndole a Martínez, sonriéndole con esa boca milimetrada, justa para no errar. Y también don Manuel estaría de acuerdo con que Martínez fuera ministro y creara la bolilla cero y todas las que le diera la gana. Porque lo verdaderamente importante, don Manuel, era sacar un cuatro. Y si uno en este momento le contestaba que no, que no debía ser ministro y que todas las bolillas ya habían sido inventadas, tendría que soportar desagradables consecuencias. Más aún si uno era lo suficientemente imbécil como para tomársela a pecho y no reírse. El otro saldría pensando que, además de no saber ni medio, uno quería hacerse el machito demostrándole que lo dicho era una estúpida gansada. Y ahí nomás comenzarían las preguntas, como si él tuviera que saberlo todo, como si le fuera a servir para algo saber que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma del cuadrado de los catetos. Pero Martínez pregunta y uno debe contestarle para que la vieja no revuelva de nuevo las cosas, averiguando por qué uno no estudió y usted sabe señor director cómo estudia mi hijo. Y lo peor sería don Manuel, viniendo hacia él con esa barriga de viejo holgazán diciendo ha faltado astucia y qué se yo cuántas cosas más. Pero ahora Martínez pregunta. Y los otros también. Y otra cosa no queda como no sea contestar, en una desesperada tentativa de atrapar un cuatro.
-Usted no tiene conceptos. Cómo puede decirme…
¿Y qué otra cosa puede contestarse cuando uno no sabe nada? Los conceptos eran puras macanas. Un buen empleo bancario no exige conceptos, él lo sabía; si ahora lo aplazaban intentaría conseguirlo. Vestiría todos los días el suixtil –como los domingos- y la lavilisto, impecable. Lo tratarían de señor, como al viejo. Al que nunca le importaba mucho lo que él hacía como no fuera pedirle plata; entonces arrugaba la cara y Pablo entendía.
Pero eso era otra cosa. Lo importante era seguir sonriéndole a Martínez para que él supiera que se estaba de acuerdo con lo de la bolilla cero y su pretensión al ministerio de educación y que, efectivamente, uno no tenía conceptos porque no estudió ni medio y las veces que quiso abrir el libro le entraron esos bostezos interminables. Aunque esto no había por qué decirlo. Uno no tiene conceptos. No, señor Martínez. Porque los conceptos son la lavilisto que uno usará en el banco y la corbata azul oscura que estrenó en el último baile de la primavera. En cambio Martínez, con sus preguntas y teoremas, anda siempre como un miserable, con un saco descolorido y el cuello deshilachado de la camisa. Don Manuel tiene razón, hay que ser vivo, tener astucia, joder a los otros y aprovechar la oportunidad. Hora nomás si Martínez lo puteaba mientras le firmaba el permiso de examen con esa palabra tan necesaria, cuatro, él diría que sí, que tiene razón. Y los insultos no tendrían importancia. El cuatro es la camisa lavilisto, comprendé mamá, comprendé vieja que don Manuel tiene razón. Estos tipos están sobre uno y hay que decir que sí, que es cierto, que uno no tiene conceptos y que es un tipo mediocre que no irá a ninguna parte, aunque Martínez y los otros ¿adónde han ido vieja? Pero te lo juro, cuando entre al banco…
-No es así. Al final no sabe nada.
Ahí están el permiso de examen y la lapicera de Martínez. Y esa boca ancha –como la de Marrone- y ese gesto estúpido diciendo no sabe nada. ¿Hasta cuándo, por Dios? No vieja, estudié pero ahora ni me acuerdo, no sé, se me hace todo muy oscuro, la risa de Martínez, la lavilisto, los ojos de Mónica, las timbas en lo de Brizuela, el cuatro. Me confundo, se me hace un lío bárbaro. Y no puedo decirlo así, francamente, para que le digan andá a trabajar, vago, yo te voy a enseñar a no hacerte problemas, a no ser responsable. Y al final, si uno lo dice quién le va a creer que está confundido y acaso no sea lo más importante la lavilisto, ni el cuatro, ni Martínez, ni la vieja, ni otra cosa que no sea él, viviendo como ahora, solo, en ese mundo suyo y hermoso, en ese mundo.
-Vaya Vargas, tiene un dos.
… en el que Martínez es ese omnipotente ministro de educación que inventa la bolilla cero pero de quien él se ríe a carcajadas. Acaso ya pocas cosas sean importantes y haya que reírse a carcajadas, como se ríe ahora, con las mandíbulas abiertas más allá de los reglamentarios treinta grados, desafiando a Martínez, a la vieja, a don Manuel, a los empleos bancarios, a todas las fuerzas que caían sobre él para aplastarlo y hacerlo realmente mediocre. Reírse de todos, sin los treintaycincocentímetros a la derecha ni los veintiocho a la izquierda, reírse de todo mientras siente ese cansancio en las sienes que le pesa cada vez más y está viviendo solo, en ese mundo muy suyo, cada vez más apacible, más silencioso, un mundo en que los otros ya no importan, en el que todo tambalea y se derrumba mientras él sube, muy alto, en una dirección borrosa, hacia un lugar cubierto de densas capas que le acarician la cara suavemente como si fueran los dedos tersos de Mónica y en donde un suelo viscoso, como de baba, lo traslada lejos. Ya no puede reírse más a carcajadas porque las sienes siguen pesando como si uno tuviera el mundo entero metido en la cabeza y ahora los que se ríen, con una risa buena, agradecida, son ellos, la vieja, Don Manuel, Martínez, los empleados del banco. Lo aplauden y el peso de las sienes se nota menos y todo es más agradable.
De pronto se siente un sacudón, un ruido, una voz. Y uno recién comprende que han pasado muchas horas de aquel fracaso en el examen y ahora es mamá diciendo que son las once de la mañana, hora de levantarse.



Este cuento de Alfredo J. Cossi pertenece a su libro 'Tu cara roja y caliente'.